Los cuadros de Bartolomé Esteban Murillo más importantes

Los cuadros de Bartolomé Esteban Murillo más importantes

Bartolomé Esteban Murillo, oriundo de Sevilla, es recordado por una vasta obra que siguió de cerca el estilo del Barroco. Fue un gran conocedor de la técnica tenebrista que alguna vez Diego Velásquez utilizó con algunas pinturas. A ciencia cierta no existen datos específicos sobre su biografía, pero el legado está allí en los cuadros de Bartolomé Esteban Murillo.

Lo poco que se sabe sobre él es su lugar de residencia, que nació en el siglo XVI, proveniente de una familia con dinero, pero sin llegar a ser la más pudiente de la época. Quedó huérfano a temprana edad, por lo que vivió hasta su adultez en compañía de sus hermanos mayores, que vieron de él. Permanecieron en su casa familiar hasta el día que contrajo matrimonio.

Murillo no fue un gran viajante por el mundo, e incluso poco se cuestiona sobre si alguna vez estuvo un tiempo fuera de Sevilla. Un hecho seguro fue su amistad con Velásquez, para aplicar algunas técnicas en común como el modo tenebrista en los retratos, siendo el periodo Barroco en el que yacen muchas de sus obras. A continuación mencionaremos los cuadros más importantes de este autor. 

“Autorretrato” 1670 (Galería Nacional de Londres)

Es un retrato de estilo naturalista que esconde una pequeña inscripción que explica el motivo de su creación: “Bartus Murillo seipsumdepingens pro filiorumvotisacprecibusexplendis” que da a entender que la pintura es un deseo de sus hijos por obtener la cara de su padre plasmada en un cuadro para mantener en la posteridad.

La figura de Murillo es de un hombre joven, de alrededor de 25 años, pero llama la atención que para la fecha de este retrato, el autor tenía aproximadamente unos 50 años de vida, con varios hijos de su único matrimonio. Por tanto, el pintor ya contaba con hijos de edad razonable, con un orgullo visible por los buenos cuadros hechos por su progenitor.

Los cuadros de Bartolomé Esteban Murillo más importantes

El patrón de la pintura es muy similar a las anteportadas que se hallaron en los libros antiguos: la cara del personaje en medio de un óvalo, con todos los utensilios de pintar a su alrededor. En esta ocasión deja bien en claro su oficio, para que sus hijos recuerden al padre artista.

“Santa Justa y Rufina” 1666 (Museo de Bellas Artes de Sevilla)

Es una pintura religiosa sobre óleo perteneciente al estilo barroco que ejemplifican a dos mujeres santas: Justa y Rufina, hijas de un alfarero que vivieron en la antigüedad, posiblemente en el siglo III en Sevilla, bajo un ambiente bélico, gracias a que los romanos tenían el control sobre este territorio.

Rufina es la hermana menor, mientras que Justa es la primogénita de esta familia (para efectos de ubicación, izquierda y derecha, respectivamente). En la pintura puede verse algunas muestras de barro en el piso, como parte del oficio que realizó su padre en vida.

Al fondo aparece la torre de un campanario que actualmente es la Catedral de Sevilla, pero tiene un motivo especial. A las santas se les adjudicó el milagro por el terremoto ocurrido en 1504. Esta infraestructura fue la única que permaneció en pie debido al fuerte movimiento telúrico que provocó un centenar de pérdidas materiales y físicas.

“Joven mendigo” 1650 (Museo de Louvie – París)

Es de las pocas representaciones de Murillo que están apegadas al género costumbrista. De igual manera, es poco habitual ver alguna otra pintura de este autor que involucre infantes en un estado angelical o que simule a los santos. Refleja la cultura o vivencias de estos niños.

No es una pintura religiosa, pese a contar con algunos rasgos que dan muestra de lo contrario. Sin embargo, sí es muy fiel al estilo barroco en su totalidad: tratamiento de luz con claroscuro, tonos muy negros alrededor del humano o el tenebrismo al que acostumbró Velásquez en su inicio.

“Los niños de la concha” 1675 (Museo del Prado – Madrid)

Los dos infantes que aparecen en la pintura son Juan Bautista y Jesús, recordados como grandes personajes de la religión al momento del bautismo de Cristo. En esta oportunidad, Jesús ofrece agua para beber a Juan a través de una concha. No es una escena que aparezca en la Biblia, pero la situación sí tiene todos los méritos, porque en la vida real ambos resultaron primos.

Nuevamente dibuja a niños, con la diferencia que esta pintura se volvió un éxito rotundo con el transcurrir de los años. Vuelve a juntar todos los elementos del barroco que son difíciles de dejar atrás. Aunque su soporte primario fue en lienzo, esta representación albergó varias réplicas en láminas, camisetas y demás indumentaria de moda.

“San Jerónimo leyendo” 1652 (Museo del Prado – Madrid)

Este santo protagonista del cuadro es recordado por dominar varios idiomas como el hebreo, latín y griego. Su facultad para escribir manuscritos durante el siglo V lo convirtió en un gran intelectual que ayudó en la educación de otros personajes de la historia universal, de ahí el autor se inspiró. Por encargo del papa Dámaso I tradujo una buena parte de la Biblia al latín.

“El martirio de San Andrés” 1682 (Museo del Prado – Madrid)

San Andrés fue uno de los apóstoles de mayor renombre en el quehacer religioso, en parte por su muerte. Considerado como un pilar fundamental de la Iglesia Católica y la ortodoxa, fue retratado por Murillo en su momento cumbre. El consular romano Aegeates ordenó su muerte en una cruz en forma de “X” en vista de una salvaje persecución contra los católicos.

Una particularidad de esta pintura es la fase avanzada en la enfermedad de Murillo. Pese a sus dolencias, logró terminar una de sus últimas obras que siguió la tendencia al barroco, muy apegada a una etapa religiosa que causó emociones muy fuertes, como la persecución contra todos los cristianos por parte de los romanos. El sfumato es la única técnica del renacimiento presente en el dibujo.

“Muchacho con un perro” 1660 (Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia)

Esta representación es el claro ejemplo de la tragedia que vivió Murillo al perder a varios de sus hijos por causas naturales. Fueron pocos los sobrevivientes, mientras que 3 o 5 de ellos perecieron por circunstancias adversas. La pintura es el vivo reflejo del desamparo, la enfermedad y las carencias que sufrió la sociedad sevillana de su época.

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